IV.- Recursos‎ > ‎1.- Biografías‎ > ‎

Luz Ramos de Sierra

        Hay en el Estado de Coahuila un pueblo encanta­dor, de calles sinuosas y bajas casitas, limpias y alegres, rodeadas de hermosos huertos y grandes viñedos. La vida tranquila y sencilla de sus habitantes amables y bondadosos aún para el forastero que a él llega, hacen de Parras de la Fuente un pequeño paraíso. En el año da 1889, un tibio día 11 de Septiembre nace una niña en el hogar que forman don Valente Ramos y su esposa María Cruz Reyes de Ramos. Aquella niña era segunda hija del joven matrimonio, que sienten el gozo y la alegría de su llegada. La niña pronto es bautizada en la parro­quia del lugar con el nombre de María de la Luz. Pero esa inmensa dicha pronto se tomó en dolor, pues tres meses más tarde, muere el padre en un accidente, dejan­do en el desamparo a su viuda y sus hijitos, y seis meses después muere su hijito mayor. Aquella madre sufre lo indecible, sola y con su niñita tan pequeña, pero el Se­ñor no desampara a sus criaturas y le ayudó a sobrepo­nerse de la dura prueba.

         Pasan los años y aquella pequeñita va creciendo en un hogar creyente, pero en la fe católica romana. Su madre y su familia eran sumamente religiosos. Se asistía a misa cada día, al rosario y se practicaban todos los ritos que esa religión exige. Pronto Doña Crucita se abre camino en la vida, estableciéndose con un comer­cio de abarrotes que a fuerza de empeño y de trabajo logra acrecentar y vivir con cierto desahogo. Después de ocho años de viudez contrae matrimonio con don Mar­tín Gómez, hombre probo y honesto que da a aquella madre apoyo, y paternal cariño a la pequeña. De este matrimonio nacieron tres hijos, medio hermanos de Ma­ría de la Luz, de los cuales sobreviven dos.

         Es en Parras de la Fuente, cuna del Sr. Francisco I. Madero, donde hace la pequeña María de la Luz la instrucción primaria. La niña amaba su escuela y a sus maestros y sus libros. Soñaba con su almita infantil en países lejanos y admiraba con deleite la belleza que le rodeaba; la cascada de agua cantarina, las flores de mil colores, aspiraba su perfume y se extasiaba contemplan­do el cielo inmenso lleno de árboles que el astro rey dejaba en el ocaso. Y soñaba en algo maravilloso y su­blime que a su alma llegaría y que sus pocos años no lograban comprender.

         Su natural espíritu inquieto y vivaz, y ese afán de estudiar y de aprender, ganó la simpatía de sus maestros, especialmente de su querida profesora de 6o. año María Reyes Cárdenas (después señora de Cadena ampliamente conocida en Monterrey y recientemente fallecida). Era esta joven profesora inteligente y liberal, narraba a sus alumnos en clases de Historia Patria la vida del Lic. Don Benito Juárez y las Leyes de Reforma. Aquello apa­sionaba a sus alumnos y en particular a María de la Luz que iba abriendo los ojos del espíritu a las reali­dades de la vida, y que le hacían reconocer la injusticia, buscando la verdad.

         Por esos días el sacerdote de la iglesia predicó un sermón hablando todo lo contrario, criticando a Juárez y a su obra. Esto trajo la duda en el joven corazón de María de la Luz.

         Es innegable que el Señor tiene sus planes para nuestras vidas, pues El dijo: "No me elegisteis vosotros a mí, mas yo os elegí a vosotros." Juan 15:16.

         En aquel año fue a Parras un joven seminarista es­tudiante del Seminario de Torreón, y un buen día llama a la puerta de aquel hogar. Doña Crucita era amante de los libros buenos y aquel joven traía en venta algunos que eran, según les dijo, la Historia más antigua del mun­do. Compró la señora pues, una Biblia y un Nuevo Tes­tamento. Volvió más tarde el joven para inquirir si ha­bían leído algo y tiene, la oportunidad de hablarles del  amor de Cristo. El mensaje de Salvación es aceptado de todo corazón por madre e hija.

         Aquel trabajo fiel de este joven, explicando y ha­blando de las Sagradas Escrituras y del amor bendito de nuestro Salvador llenó el corazón anhelante de las dos, que ávidas de oír y aprender, asistieron a la pequeña iglesia bautista del lugar. Un día fueron bautizadas por el hermano Samuel Domínguez.

         Su vida se transformó. No más rezos ni devoción a los santos, no más misas ni rosarios.

         El Señor probó su fe como el fuego del crisol, y así María de la Luz y su madre vieron cerradas las puertas del corazón y los hogares de todos sus familiares, aún del tío más cercano.

         Un poco antes de todo esto, se habían hecho arre­glos para que la jovencita ingresara en un Colegio de monjas en la ciudad de Saltillo, pero ahora ya converti­das al Señor, fue enviada al Instituto Madero, Colegio que dirigía con todo acierto el gran educador y siervo del Señor Jorge H. Lacy y su esposa.

         Es realmente hermoso el ejemplo e influencia que recibe un nuevo convertido, de las vidas luminosas de aquellos que siguen y sirven al Maestro. El Señor pre­paró al lado de tales maestros, el corazón joven que se abría al evangelio con tanto amor.

Por aquella época hermosa e inolvidable de estu­diante hubo hechos que la hicieron sentirse halagada y satisfecha, como el día en que fue designada para decla­mar en las fiestas brillantes que el Gobierno del Estado preparó para celebrar el Centenario del nacimiento del Benemérito Don Benito Juárez y a las que asistió como invitado de honor el Licenciado Don Benito Juárez Ma­za, hijo de tan famoso personaje.

         Transcribo a ustedes un párrafo de un bosquejo Bio­gráfico que apareció en el Atalaya Bautista de fecha 24 de Septiembre de 1908 escrito por el Sr. Frarik Marrs, en que se refiere a ella y a su esposo: "Este joven estu­diante, había trabajado en sus vacaciones, entre otros lugares, en Parras, Coah., donde tuvo el especial privi­legio y contento de ser usado por su Señor, para ganar a una muy estimada y talentosa joven y traerla al reino del Maestro, la señorita Luz Ramos. Esta joven bautista inmediatamente ingresó al Instituto Madero de Salti­llo, en donde ella hizo excelentes cursos académicos y misioneros. Pero en aquellos años algo estaba pasando acá en Parras. Estos jóvenes ardientemente se escribían el uno al otro: "Tú me has hecho soñar horas felices— y tan supremo don

debo pagarte— recuerda bien tus ju­ramentos— que son sagrados pues de amor son."  Y por supuesto que de ello resultó el enlace del hermano Da­niel Sierra Barocio y la señorita Luz Ramos, verificado el día 18 de Septiembre de 1906, uniéndose sus destinos y sus vidas para el trabajo del Maestro. Pero desde luego supimos que el hermano no había hecho ninguna equivocación en aquella elección, porque después de dos años me escribe: "Mi esposa me es un brazo fuerte." Este hermano como otros muchos que han principiado a predicar en esa nueva centuria es joven aún, y mientras que sus años de servicio son todavía pocos, no obstante, con el rostro alto y con su estimable y joven y valerosa esposa, los dos juntos, predecimos un espléndido servi­cio en el Reino de Jesús Que sea real y efectivo todo sueño dorado y todo anhelo vehemente de conquista del Sal­vador."

         A partir de la fecha de su casamiento Lucila Ramos de Sierra (conocida en el mundo evangélico como la hermana Lucita) fue fiel colaboradora de su esposo. Des­pués de que él tuvo dos cortos pastorados en Laredo, Tamps., y Linares, N. L., marcharon a los Estados Uni­dos, invitado a trabajar allá por el Misionero General entre los Mexicanos de allende el Bravo, Mr. C. D. Daniel.

         Colaboró con su esposo en los distintos pastorados entre ellos citaremos el de El Paso, Tex., y Austin, Capital del mismo Estado y también cuando su esposo ingresó al Seminario de Fort Worth para tomar un curso de Post-grado.

         Vuelve a la patria con su familia después de la gue­rra fratricida de 1910-1918 y van a Aguascalientes al frente de la iglesia. Esta iglesia vive un gran aviva-miento gracias al Señor y al intenso trabajo realizado por el pastor y su esposa. Ella sin desatender a su fa­milia, encuentra siempre tiempo para trabajar incansable en la Obra del Señor. La vida en ese lugar fue muy feliz a pesar del fanatismo de la gente del lugar, logran­do llevar a muchísimas almas a los pies del Salvador. Estudió música y pronto pudo ser la organista de la igle­sia. Organizó Sociedad Femenil y Sociedad Infantil, y aún enseñaba a las madres sobre el cuidado y educación de sus pequeños.

         El Señor les había dado ya siete hijos, los cuales crecían sanos y felices. Con cuánto amor ellos aprendie­ron de sus labios las primeras oraciones, la historia ex­celsa de Jesús y los cantos dulces de alabanza. De ella aprendieron a hacer caso omiso de los insultos que en la calle les lanzaban por el simple hecho de ser evan­gélicos. Y cuando uno de sus pequeños fue herido mortalmente en la cabeza, sólo el poder de Dios y las ora­ciones fervientes de sus padres, le conservan la vida.

         La intensa persecución desatada por un atentado terrorista en la ciudad de México a un templo católico y del cual culparon al pueblo evangélico, provocó en varias partes la ira contra éstos, y ante las represalias sufridas allí, tuvo la familia que trasladarse a Monte­rrey.

         Permanecen por dos años en este lugar, sosteniendo una misión en  su hogar. La Iglesia Primera prestó un órgano portátil en donde la hermana acompañaba los himnos.

         Cuando un siervo del Señor dedica su vida entera a su servicio, es imposible separarse de él y así el esposo de esta hermana vuelve al ministerio al cabo de dos años de haberse separado. Su último pastorado fue en Linares, N. L., cuya duración fue de 25 años.

         Llegaron allí en el mes de octubre de 1924, la pe­queña iglesia estaba desorganizada, los pocos hermanos que asistían se hallaban tristes y desanimados. El traba­jo era duro y muy difícil. Día a día se postraban de ro­dillas pidiendo la ayuda del cielo, sobre el trabajo que se hacía. Nuestra hermana Lucita colaboró incansable en el cumplimiento del mandato "Id y predicar el evangelio" en compañía de su esposo.

         Se organizó una hermosa fiesta de Navidad, toman­do parte los niños y adultos de la iglesia, lo cual desper­tó mucho el interés y fue un instrumento para que mu­chos conocieran el evangelio. Se puede decir que la her­mana Lucila fue quien dirigió tal trabajo.

         Organizó la Sociedad Femenil en donde las herma­nas a la vez que elaboraban trabajos de costura, estudia­ban la Palabra de Dios y oraban. Sociedad Infantil, Escuelas Bíblicas, visitas a los hogares y a las numerosas misiones, algunas de ellas tan distantes y a las cuales se tenía que ir a pie.

         Sus hijos aprendieron de ella a concurrir a cuánto servicio se celebraba y algo que ellos recordarán siempre, como un ejemplo, su hospitalidad y ayuda al necesitado. Nadie que llegó a las puertas de aquel hogar en deman­da de socorro, salió con las manos vacías.

 

        El Señor bendijo a aquella madre con 12 hijos de los cuales solo la primera fue llevada al cielo a sólo un mes de nacida, más los once que vinieron luego tuvieron el privilegio de convivir con aquellos padres en aquel hogar tan lleno de amor y de respeto. Ella les enseñó a orar, a cantar himnos v asimismo lo hizo con los niños de la iglesia. Ellos ya hechos hombres y ellas madres de familia, no lo olvidan, como tampoco olvidan aquellas Navidades en que recibían sus regalos, dulces y juguetes y aún ropita que ella les cosía.

         Muchas lágrimas costó el trabajo realizado, pero el Señor le ha permitido ver muchos frutos de aquel trabajo y el amor y reconocimiento de los fieles y amados her­manos de Linares. Muchos de aquellos niños son ahora predicadores del evangelio y con cuánto gozo les he oído decirle al hablar de su trabajo: "Hermana, este es el fru­to del trabajo del hermano Sierra Barocio y de usted."

         Cuando se tienen muchos hijos el deseo de los padres es educarlos lo mejor posible y si los recursos económicos son pocos, es muy difícil hacerlo, pero el Señor, una vez más, hizo el milagro de multiplicar los recursos, y todos aquellos hijos recibieron preparación para labrarse un buen porvenir. Eso hizo que la hermana Lucita fuera a vivir en Monterrey por un tiempo mientras los más chicos estudiaban, pues en Linares no había escuelas su­periores. Los mayores habían estudiado en diferentes colegios de Saltillo. Mientras el hermano Sierra quedó en Linares acompañado de su hija Ruth, que trabajaba en la Secundaria.

         Desde el año de 1927 la hermana Lucita formó par­te de la Mesa Directiva de la Unión Nacional Femenil "Sara Alicia Hale" como Pro-Secretaria y allí empezó otra etapa en su trabajo, colaborando activamente con la Presidenta hermana Consuelo Domínguez de Gurrola su antigua compañera de colegio y amiga muy querida.

         En el año de 1937, siendo Secretaria de Unión Na­cional, presentó ante la Asociación de Nuevo León y Tamaulipas el siguiente Tema: "¿Cómo puede la mujer cris­tiana, cooperar en la obra de la Asociación?" tema que apasionó a la Asamblea y fue nombrada, junto con la hermana Teodora Navarro de Rodríguez, para organizar y agrupar a las Sociedades Femeniles de ese Campo. Fue así como organizó y fundó la Confederación Femenil del Noreste de México, el año siguiente, en la ciudad de Matamoros, Tamps. He aquí sus propias palabras: "Co­mo mujeres cristianas llevamos muy dentro de nuestro corazón el hecho de que nuestro Divino Maestro nos ha­ya dado un lugar en su obra de Redención en el mundo, y pensar que El nos hizo colaboradoras suyas, nos llena de regocijo y gratitud.. La obra misionera nos cautiva y apasiona y deseamos llevarla adelante como un legado de nuestro Dios."

         La Confederación del Noreste ha cumplido su 30o. Aniversario. Esta agrupación sostiene dos misioneros en su Campo. Coopera fielmente en la obra educativa de la niñez y de la juventud, promoviendo Institutos, Cam­pamentos, Escuelas Bíblicas de Vacaciones y secundando la obra de la Unión Nacional Femenil Bautista Misio­nera "Sara Alicia Hale".

         En el año de 1938 es nombrada Presidenta de la Unión Nacional en las reuniones celebradas en la ciudad de Saltillo, y emprende una ardua tarea alentando a las Sociedades a colaborar intensamente en la obra misione­ra. Se sostiene a dos señoritas misioneras; ellas son Ma­ría H. Duarte y Esther Hernández.

         El siguiente año es reelecta Presidenta y tiene el pla­cer de ser la iniciadora del periódico de "La Voz Feme­nil Bautista", órgano de dicha agrupación, y que tuvo como primera Directora a nuestra activa y amada her­mana Claudia L. de Gaspar.

         En ese mismo año es nombrado el hermano Walter L. Jonhson por la Convención Nacional como Promotor de las Escuelas Dominicales y él designó a nuestra herma­na Lucita colaboradora del Departamento de Cuna. Se puso meta de 1,200 alumnos en este Departamento. Se instituyó también por su iniciativa el día de la Unión Femenil Bautista, el día 19 de Febrero, cuyo propósito fue unir a las mujeres cristianas a una misma hora, una misma meditación y adoración, un mismo servicio por Cristo y por su iglesia, llevando a cabo un programa idéntico en el que se desarrollaban temas interesantes sobre la obra misionera usando mapas y banderitas en los lugares donde había obra misionera, y se leía un mensaje de la Presidenta Luz R. de Sierra, en este tiempo asimismo se levantaba una ofrenda misionera. Estas actividades fueron precursoras de la semana Pro-misiones de México.

         En este mismo año en el mes de Agosto, el domingo 27, organizó en la PIB de Monterrey, la Sociedad Auxiliar de Señoritas “Rosas de Saharón” con 40 señoritas, de cuyas filas han salido entusiastas y bien preparadas hermanas que hoy forman parte de las femeniles de nuestra patria y aún del extranjero.

         En los años siguientes desempeñó muchos puestos tanto en la Confederación de la que fue varias veces presidenta, como en la Unión Nacional, en la Iglesia y en los diferentes departamentos, esto le ayudó a mantener su vida feliz en el servicio del Señor.

         Su fiel compañero hace tiempo partió a las mansiones Celestiales, pero el consuelo a su ausencia ha sido el trabajo constante en el servicio del Maestro.

         Tuvo el gozo de asistir en el año de 1966, a las reuniones de la Alianza Bautista Mundial en Miami, Florida, también al siguiente año asistió al Congreso de la Unión Femenil Bautista de América Latina en Cali, Colombia.

         Ahora puede decir la Hna. Lucita después de una larga vida de servicio, evocando al Apóstol Pablo: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe”.

         También ha dicho ella: “Mi gozo más grande es servir al Señor, y si Él me diera otra vida, la viviría en la misma forma, entregándole lo mejor de mi ser”.

 

“Se levantan sus hijos y la llaman bienaventurada; Y su marido”.


Proverbios 31:28

 

         Que estas sencillas meditaciones, sirvan de estímulo a jóvenes hermanas que se inician gozosas en la lucha bendita, para llevar la redención a aquellas almas que aún viven sumidas en las tinieblas del pecado.

         Su hija.

Hna. Orfa Sierra de Sandoval.

Monterrey, N. L.  Octubre de 1976

 

Comments